… Lo que no entiendo es por qué asocian esa música con la rebeldía. Rara vez me ha tocado ver a un muchacho jodiendo a todos sus vecinos con metal a todo volumen a las dos de la mañana. No, esos roqueritos regularmente son la mar de prudentes. Luego tienes a los vaqueros norteños con sus camionetotas y su música vaquera cagándose en la tranquilidad de todo el mundo y valiéndoles un cacahuate las demás personas. ¿El rock, música de rebeldes? ¡Bah! No en mi diccionario. Más bien, música de gatitos. Sí, gatitos.
Era un día lluvioso y bochornoso, y estábamos en el turno vespertino. Con harta hambre y frustración, y molesto con todo el mundo —desde el profe de Cálculo hasta mi padre—, decidí irme de pinta de la clase. Estando con mi grupo de «amigos» roqueros con los que yo quería a fuerza congeniar, salimos a la entrada principal de la prepa. A los pocos instantes pasa un pendejo, un pinche gordo nefasto con un narcocorrido a todo volumen, pasando a madres con el carro frente a nosotros y virtiéndonos encima toda una laguna de agua encharcada. Corajudo como estaba, le reclamé a gritos. Y que se viene en reversa este compadre, y que se me pone enfrente. Me suelta un putazo en la cara y, satisfecho, se larga. ¿Qué hizo mi clica? Nada. No esperaba que me defendieran físicamente, pero ¡ni siquiera fueron para hacer comentarios de apoyo para mí, o de desdén hacia aquel baboso con complejo de superioridad! Lección aprendida: no esperar nada de esos culeros tan solo por su apariencia. Las agallas de uno no se ven en el exterior. Tras ese día el mejor consejo me lo dio un vato más bien cholo, a quien no prestaba mi atención lo suficiente, pero que después se volvió uno de mis mejores amigos, de los de verdad. Ironías de la vida.
Bueno, tras este paréntesis, volvamos a lo que nos concierne: la novelita de Hilario Peña.
A pesar de su corta extensión, encontré algunas otras anécdotas y situaciones como la que cito arriba, con las cuales me sentí bien identificado. Desde los orígenes del narrador en un entorno rural, plagado de injusticias, violencia y ritos religiosos, la mudanza radical hacia un entorno citadino, los pequeños placeres incontables, hasta las experiencias «absurdas» que a los hombres mexicanos nos hacen crecer moralmente. Como diría Cerati: todo me sirve, nada se pierde; yo lo transformo… Esto me ayudó a chutarme todo el libro en unas cuantas horas, tras haberlo pospuesto más de un mes desde que lo compré en la universidad, en el I Encuentro de Novela Negra (¡conocí a Bef y a Élmer Mendoza!
He de reconocer que la trama me pareció algo rebuscada y el final, muy abrupto, pero todos los cabos que había que atar se atan, el humor nunca se echa de menos y el personaje principal me cayó muy bien (¿será que tanto él como yo hemos pasado por una etapa en la que leíamos la Selecciones del Reader’s Digest?, ja, ja).
Bueno, hablando más en serio, creo que si pude conectar tan bien con míster Malasuerte es porque la novela me dejó un mensaje de que todos, a pesar de los errores que hayamos cometido en el pasado, errores que socavan nuestra credibilidad y moral incluso, todos podemos aportar algo positivo a los que nos rodean. Malasuerte, que tenía en contra hasta la apariencia, termina siendo un eficaz y reputado detective. ¡Áhi nomás!
En definitiva, me la pasé bien al leer esta introducción a la vida de Malasuerte: una vida rocambolesca, como la de cualquier mexicano que intenta sobrevivir en este entorno. El autor ha publicado un par de secuelas, que espero adquirir para saber si son más sustanciosas; con esta probadita del personaje me he quedado picado, con ganas de más.
¡A leer, muchachada, que la vida se nos va!

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